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adorado caos

Me dicen mucho eso de cómo puedo trabajar en casa con mi pequeña, ¡que cómo puedo hacer frente a todo! Pues en primer lugar, no hago frente a todo, ¡ya me gustaría a mí! Como digo yo, trabajo entre papillas, pañales, juguetes y caos (adorado caos, estoy aprendiendo a quererte) y eso implica que no llego a todo. Que sí, que pierdo tiempo haciéndole la papilla o dándole la comida, que mi día a día está lleno de imprevistos, porque cuando no se ha hecho caca se ha caido o tiene un día raro, que es imposible decir a las 10 en punto estaré allí porque la puntualidad es algo que se escapa a mi control. Desordena todo lo que toca, me vacía los cajones, se peina con el cúter y chupa la cola (todo con superprotección antiniños por supuesto), se pone el precinto de pulsera y desgrana las grapas como nadie. Cuando por fin estoy concentradísima de pronto me doy cuenta de que un silencio abrumador invade la sala y que nada bueno puede ser eso. Llama un desconocido para hacer un pedido y yo intentando quedar bien sin poder ocultar sus balbuceos y gritos de fondo. Teniendo un sin fín de juegos educativos y construcciones, prefiere practicar su psicomotricidad fina deshojando mi paniculata…

Sin embargo, yo, me siento una privilegiada. Mi día está lleno de besos, abrazos, sonrisas, carantoñas, caricias, yupis y chachis. Cuando algo no sale bien o derepente mi ordenador se apaga por “arte de magia” me giro enervada y me encuentro esos ojos azules, esa sonrisa con tres dientes, y todo parece una tontería. Cuando entramos al taller tengo que correr para sentarme en mi silla antes que ella y cuando mi mano se dirige hacia el ratón grita “¡no no no!”. Mientras trabajo se acerca a mis rodillas y espeta un “¡mua!” que me deja muerta. Y así pasamos los días, llenando cada rincón de alegría.

baberos con cuello y chupeteroGracias Inés por endulzarme la vida